¿Qué ocurre si estás un día sin comer?

Todo empezó con una conversación telefónica. Un amigo me estaba contando que se iba a poner a prueba de la forma más cruel que a mí se me podía pasar por la cabeza: durante 24 horas, solo bebería agua. “Estás loco”, le dije. Ricardo, el amigo en cuestión, es un chico deportista, muy fibrado, come sano, y yo no entendía por qué alguien como él tenía que pasar por ese sufrimiento.

“Quiero limpiar mi cuerpo, y también me quiero poner a prueba, ver hasta dónde aguanto”, decía. Un par de razones que para mi sorpresa, cuando las digerí, me parecieron tan buenas como para sumarme yo también a la causa.

Antes de tomar la decisión, hablé con la dietista-nutricionista Gabriela Uriarte(@gu_nutricion) para cerciorarme de que no iba a realizar una de esas locuras innecesarias para tu cuerpo. La especialista me habló entonces de que lo que íbamos a hacer era un ayuno intermitente de 24 horas: un sistema de nutrición que mezcla periodos de ayunos con periodos de ingesta. Bueno, en realidad no eran ni 24 horas: el objetivo era cenar un día, y no volver a masticar nada hasta la cena del día siguiente (con la noche de por medio, se hace más llevadero).

“Es algo que te puede ayudar a hacer una limpieza gastrointestinal pero sobre todo, puede servir de aliado en un tema de controlar impulsos“, dijo la especialista esclareciéndome las principales ventajas. “Y no pasa nada si lo haces una vez al mes, el problema está si te emocionas, es decir, lo haces más a menudo y sin supervisión de un especialista”, me aclaró.

Decisión tomada. No creo que yo, con lo que me gusta comer, me aficionara a cumplir un ayuno más de una vez al mes. Eso no iba a ser un problema para mí. Este gesto tampoco iba a hacer que adelgazara los 5 kilos que me sobran. Sin embargo, la parte psicológica y las consecuencias que esto podría tener para mi cabeza, me llamaban suficiente la atención.

Y así, después de vivir “mi día sin comida”, esto es lo que os puedo decir:

– Es muy importante elegir el día correcto. Si un lunes es ya de por sí demasiado duro para ti, o el sábado vas a salir de marcha, no lo contemples como una posibilidad. En mi caso, elegí un viernes: trabajaría de nueve a tres, y después me iría a echar la siesta a casa. Para cuando me quisiera dar cuenta, ya sería la hora de la cena. Elegí un día fácil para mí, con otros alicientes que me ayudaran a llevar bien el reto. No es trampa, es tener un poco de picardía (y más aún, si es tu primera vez).

– También es crucial mentalizarse. Unos cinco días son suficientes, pero yo los necesité para poder luego cumplir con lo que me había propuesto. Debes hacerte a la idea y, el día previo, puedes cenar algo que te guste mucho o incluso, darte un capricho. Yo me comí un helado mientras terminaba de asumir lo que iba a hacer al día siguiente. Elegí el Cornetto, (mi preferido).

– El peor momento es el del desayuno. Reconozco que lo pasé fatal. Me encanta el momento breakfast y no poder tomarme el café de las nueve de la mañana fue duro. Si a eso le añades que sabía que me quedaba toooodo el día por delante, sin hincarle a nada el diente… La situación se hace cuesta arriba. ¿Qué hice? Pensar en que no me podía rendir tan pronto, que solo era cuestión de horas. Ah, y beber, beber mucha agua.

– Tienes que huir de la gente que esté comiendo. Los viernes muchos compañeros comen en la oficina, para luego salir pitando por la puerta, dirección escapada de verano. El momento del medio día en el que los humeantes tuppers se pasean por la redacción, también es un momento de flaqueza. ¿Solución? Me levanté y salí a hacer una llamada a la calle, aproveché para airearme, y di tiempo para que mi redacción volviera a oler como siempre.

– Cuidado con la siesta. Sí, es un truquito para quitarte un rato de encima, pero ojo: al levantarte se despierta la fiera que llevas dentro y tendrás que salir de casa para no devorar el frigorífico. Para superarlo, tienes que cumplir el siguiente punto…

– Mantente ocupada. Tu día de ayuno debe ser activo (no en el que hagas un ejercicio físico intenso, pero sí entretenido). Yo empalmé el trabajo y la sucesiva siesta con un paseo agradable con una amiga, y después me fui a un concierto al aire libre, sin comida disponible en un kilómetro a la redonda. Y tenía la última motivación en mente: cuando mi reloj marcara las nueve de la noche, lo celebraría bebiéndome una rica y fresca cerveza (de esas que alimentan) mientras escuchaba al triste pero inspirador Nacho Vegas. ¡Me supo a gloria!

 No es para tanto. Disfruté mucho de la cerveza y de la cena de después, pero no tanto por el hambre que tenía sino porque era la culminación de mi reto. Lo había conseguido. ¿Lectura? Tienes que luchar contra el gusanillo, pero en general, no es un desafío tan duro como puede parecer al principio.

 Las mayores consecuencias son psicológicas y las notas al día siguiente. Además de que te sientes menos hinchada y acudes mucho al baño (por la cantidad de agua), lo mejor es la sensación del día siguiente, cuando en el primer impulso de comer por comerte das cuenta de que realmente no lo necesitas. Disfruté mucho con el desayuno de sábado, pero a la hora, abrí el armario para coger un par de galletas más. ¿De verdad?, me dije. Y las dejé donde estaban.

El reto de mantenerte a agua durante 24 horas te ayuda a experimentar por ti misma algo que has oído mucho: la importancia que tiene poder controlar tu cuerpo. Saber racionalizar las emociones (o el impulso de ir a por la galleta), puede ser algo tan importante como el pasaporte que necesitas para dirigir tu vida.